‘La vida inesperada’, comedia agridulce con Javier Cámara

Un triunfador lleno de miedos en la noria de las apariencias y un perdedor valiente tanto para perseguir sus sueños como para aceptar su improbabilidad: Raúl Arévalo y Javier Cámara se dan la réplica y se complementan en La vida inesperada, una “comedia agridulce” que llega este viernes a las salas de cine.

“Uno nunca sabe quién va a ser el héroe ni quién el que no se atreve a hacer las cosas. Y eso es lo bonito de la película: no saber lo que va a pasar, porque la vida es inesperada y es un reto para cualquiera”, señala Javier Cámara, en la ficción Juanito, un actor español que lleva diez años instalado en Nueva York en busca del éxito.

La realidad es que compagina su faceta actoral en “el off, off” de Broadway, haciendo versiones de textos de Mihura o Lorca, con trabajillos varios que le permiten llegar a fin de mes y pagar los 2.000 dólares que cuesta su miniapartamento. A su lado, Raúl Arévalo -en pantalla, el primo que llega de Alicante, asesor financiero con un expediente profesional y vital impecables- prefiere no hablar en términos de éxitos y fracasos.

“No me gusta hablar de triunfadores ni en la ficción ni en la vida. Esta película retrata a los personajes de forma bastante realista, aunque es una comedia, y mi personaje es un triunfador relativo, un tío al que supuestamente le va bien y que al llegar a Nueva York comprueba que quizá no tanto como pensaba”.

En este sentido, lo inesperado de la vida hizo que esa confrontación entre el sueño y la realidad prosaica que planteaba el guión de Elvira Lindo trasladara la experiencia de la propia escritora y de Cámara, artífices del proyecto, a la hora de lograr ponerlo en marcha, en un momento en que las cosas se torcían para la industria cinematográfica española en general.

RODAR EN NUEVA YORK

Todo empezó en 2002, cuando actor y escritora coincidieron en una fiesta en Manhattan con motivo del estreno de Hable con ella, de Pedro Almodóvar. Poco después, el actor riojano decidió pasar una temporada en la ciudad de los rascacielos y llamó a la autora de Manolito Gafotas. En sus paseos por las calles de aquel decorado real inmenso comenzaron a fantasear con la idea de la película.

“Hablábamos mucho de musicales”, recuerda Lindo. De hecho, la música está muy presente, con guiños a Gershwin y al cancionero americano del siglo XX. “También de conocer la ciudad y de aprender inglés, porque al principio ambos lo hablábamos muy mal”.

Una vez que los sueños fructificaron en forma de guión les llegó el turno de la aplastante realidad: la búsqueda de un productor “valiente” para atreverse a rodar en las calles de Nueva York y de una cadena de televisión cómplice que no tuviera reparos con el tono sentimental y melancólico de la historia. Finalmente, los encontraron en la productora Beatriz Bodegas y la cadena TVE.

“No podía imaginar que ese tono tuviera dificultades”, señala Lindo. “Las grandes comedias clásicas, de Billy Wilder a Woody Allen, tienen ese tono. Al final, en las reuniones falseábamos la realidad diciendo que era superdivertida, que no había momento sin risa, y no es verdad. Es una comedia con todas las de la ley, pero también te toca el corazón”.

Una de las mayores delicias que ofrece “La vida inesperada” es la química entre sus dos protagonistas, que pasan del recelo al cariño mutuo y de la risa a la congoja con pasmosa naturalidad. Tras haber trabajado juntos en “Los abajos firmantes”, “Los girasoles ciegos” y, más recientemente, en “Los amantes pasajeros”, Cámara y Arévalo son casi una pareja de hecho.

“Como teníamos que hacer de primos, esa relación estaba ya lograda, porque Javier es parte de mi familia”, indica Arévalo. “En las películas pasa que, incluso cuando te tienes que pegar con el otro, es preferible llevarse bien. Cuanta más confianza, mejor”, agrega Cámara.

No menos atractiva es la visión aportada por su director, Jorge Torregrosa, que en complicidad con la fotografía de Kiko de la Rica, recrea visualmente un Nueva York alejado de los tópicos, a lo que ayudó su propia experiencia, pues el cineasta, como Juanito, vivió allí durante una década.

“Para mí es mi casa; tenía muy claro dónde localizar. Si surgían dificultades, porque de repente Spiderman rodaba en una calle y nosotros no podíamos -como les ocurrió-, tenía alternativas, porque conozco bien la ciudad”, advierte. Una ciudad, añade, que es “todo y nada, la imagen del lugar soñado, un mundo donde todo es posible, pero que también puede ser muy hostil”, aclara Torregrosa.


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